
Revelan las grandes historias antiguas que el Tártaro se convirtió en el lugar donde los grandes pecadores hallaban su justo castigo, para toda la eternidad.
Eternamente arrastrando una roca que caía en la ladera por su propio peso. El hambre y la sed eternas rodeado de manjares y límpidas aguas. El desvelo eterno. La eternidad viendo devorar tus propias entrañas.
La lucha sin fin, sin frutos, sin fundamentos.
¿En qué difieren estos castigos del consumo de uno mismo por sus propias Pasiones?
La lucha titánica contra uno mismo es la raíz de todo. Y lo más fácil es dejarse arrastrar, dejarse consumir.
Esto es lo que hay, dice una voz, no hay más.
Y o te dejas morir. O te dejas consumir. O emprendes tu propia guerra intramuros. Si ganas o pierdes, la devastación llegará, y las victimas colaterales serán tu Paciencia, tu Ilusión… y tu Esperanza.
Como Ícaro vio derretir sus alas por intentar llegar a lo más alto...